En los últimos años, ninguno de los casos judiciales contra la libertad de expresión ha suscitado tan poco apoyo social y político como el de Anónimo García: un extraño personaje que convirtió el engaño a los medios de comunicación en una forma de expresión artística junto a un grupo de compañeros heterodoxos y bohemios. Me he decidido a contar su historia porque nadie más se ha atrevido a hacerlo.